Concebimos el horno como un navío invertido.
Así como un barco navega en el mar impulsado por la combustión, nuestro oficio es un viaje. El fuego y el viento son los motores; hay una ruta que seguir y un caos que gobernar.
Cargamos la nave con piezas que deben atravesar el fuego, esculpidas por la paciencia y el aliento del viento. Las obras llegan a puerto solo cuando termina la cocción. Ese es el viaje.